Japón, Viaje 2016

Yassho! Makasho!

Amanecemos nuevamente temprano, eran las 7 de la mañana cuando sonaba el despertador. Ducha rápida, recogida de equipaje y nuevo cambio de base, esta vez nos vamos hasta Yamagata. Desayunamos en la conocida cadena Vie de France un ice cocoa y un bollo con pepitas de chocolate que tanto nos gusta.

Tomamos el Shinkasen hasta Sendai, para desde allí, tomar la línea JR Senzan Line hasta Yamadera, nuestra parada intermedia antes de dirigirnos a Yamagata para asistir al festival del día.

En este pequeño pueblo, se encuentra el templo Yamadera, un complejo con distintos edificios situado entre las escarpadas montañas. De ahí su nombre, cuyo significado literal es templo de montaña.

Nada más llegar a la pequeña estación, dejamos nuestras maletas en las consignas. No sé si os lo comentamos ya en algún otro post, pero en la gran mayoría de las estaciones de Japón (por no decir todas), existen consignas de diferentes tamaños distribuidas por toda la estación donde poder dejar nuestro equipaje, el precio suele oscilar entre los 100¥ la más pequeña y los 500-800¥ para la más grande.

Libres de peso y tras comprar agua suficiente para afrontar la subida que nos esperaba, ponemos rumbo al templo. Para llegar a él, tenemos que cruzar un pequeño puente y pasar por la calle principal del pueblo donde se encuentran varias tiendas y restaurantes.

La entrada principal se encuentra apenas a 10 minutos de la estación. En la base de la montaña podemos visitar el salón principal del templo, este es el edificio de haya más antiguo del complejo, posee una llama que se dice lleva ardiendo desde la fundación del templo.

Pagada la entrada de 300¥, comenzamos con el ascenso visitando las diferentes salas que componen el templo y observando las distintas lámparas de piedra y las pequeñas estatuas repletas de musgo y vegetación que se van desperdigando por la ladera de la montaña.

Durante el ascenso, nos llama la atención como las japonesas suben hasta la cima cargando con bebés (y no tan bebés) en las mochilas portabebés (no sé si se llaman así). Solo de verlas, me cansaba el doble…

Unos 30 minutos más tarde y después de 1000 escalones, por fin, llegamos a la cima. Seguramente en otra época del año no se hace tan duro, pero en pleno verano, con sus 35-40 grados y una humedad del 80%, cada escalón cuenta por 10. Pero la recompensa merece la pena, la paz y las vistas que se disfrutan, son indescriptibles.

Una vez arriba, podemos visitar el salón Kaisando y el edificio más pequeño de todo el complejo, Kyodo. Ambos edificios son los más fotografiados por las vistas que ofrecen en contraste con el valle. Dejando a un lado estos edificios, hay unas estrechas y empinadas escaleras que nos llevan al salón Godaido, no es más que una plataforma muy antigua de madera virgen, pero ofrece unas impresionantes vistas de todo el valle.

Hechas todas las fotos de rigor y habiendo descansado mientras nos tomamos un zumo de las máquinas expendedoras para retomar fuerzas, nos pusimos en pie, esta vez para afrontar la bajada.

Tras llegar nuevamente a las calles del pueblo y como aún nos quedaba tiempo hasta que saliese el tren, decidimos dar un paseo por las tiendas que había, mientras nos tomábamos unos helados que habíamos comprado, Fon decidió atreverse con uno de matcha y yo con uno de melón (el matcha y yo aún no nos llevamos bien, jaja).

Llegó la hora de tomar el tren dirección Yamagata, a las 3 partía nuestro tren de la línea JR Senzan Line, que por ser la línea Rapid en tan solo 15 minutos nos dejaba en la estación de nuestro próximo destino, Yamagata.

Ya se nos había pasado la hora de comer, decidimos ir al hotel a dejar el equipaje, ya que hasta las 4 no podríamos hacer el check-in. El hotel se encontraba en la zona sur de la estación, en un barrio residencial donde prácticamente solo había viviendas, una zona muy tranquila. Tuvimos la suerte que frente al hotel se encontraba un supermercado, el MaxValue, un tipo Carrefour aquí en España. Tomamos provisiones de nuestro querido Van Hounten (un batido de chocolate que está riquísimo) esta vez en tamaño XL y varios paquetes de patatitas para poder picar más tarde en el hotel.

Eran las 4 y casi más se acercaba la hora de cenar que la de comer, en el propio bajo del supermercado vimos un pequeño restaurante de udon, así que viendo la hora y que aún servía comidas, no nos lo pensamos dos veces. Nos costó un poco decidirnos, ya que toda la carta estaba en japonés, así que guiándonos por las fotos y gracias a la atención amable de la señora que lo regentaba, finalmente nos pedimos dos platos de udon con huevo y panko, estaba realmente delicioso.

Ahora sí, nos fuimos al hotel para hacer el check-in. Las recepcionistas muy amables (suena bastante redundante decir esto en Japón), nos indicaron donde estaba nuestra habitación y me regalaron un kit de aseo de Shiseido para chicas con champú, acondicionador, crema hidratante, etc, todo un detalle.

Descansamos un par de horas en el hotel y a las seis y media poníamos rumbo a las calles de Yamagata para buscar el festival de hoy, el Hanagasa Matsuri.

No fue nada difícil encontrar las calles del festival, ni tan siquiera tuvimos que sacar el móvil para consultar google maps, solo tuvimos que seguir a la multitud ataviada con los trajes tradicionales y minutos más tarde ya estábamos allí.

Más de un millón de visitantes se congregan durante los 3 días que dura el festival y es que a pesar de ser uno de los festivales más nuevos, ya se ha hecho un hueco entre los más importantes de la región. A pesar de esto, entre los festivales que llevábamos visitados, este fue el que menos nos llamó la atención. El festival consiste en varios grupos de bailarines ataviados con un sombrero adornado con las flores típicas de la zona, de ahí el nombre Hanagasa (sombrero de flores), bailando al son de los tambores y la música de fondo, al grito de Yassho Makasho! Así como en otros festivales toda la música era en directo, con músicos caminando y en carrozas con varios taikos, en este, una vez pasaban las carrozas, la música se escuchaba a través de altavoces, lo que para mi gusto, mermaba la calidad del festival, quizás por este factor, me llamó menos la atención.

No nos quedamos a verlo entero, ya que no encontramos un buen hueco para sentarnos y entre que el cansancio ya empezaba a acumularse y que el festival tampoco es que nos dejase boquiabiertos como los anteriores, decidimos retirar y así coger fuerzas para el festival del siguiente día, el último en la zona de Tohoku.

Nuestra idea era como siempre en estos días de festivales, picar algo por los puestos que están distribuidos a través de las calles, pero era tal la multitud que no nos apetecía demasiado esperar. Pusimos rumbo al hotel, parando antes en un Family Mart para comprar algo de cenar y tomarlo tranquilamente en la habitación.

Y así finalizó nuestro día, a pesar de que el festival no fue nuestro preferido, nos quedamos con la visita al templo Yamadera, que se ha colocado entre nuestros templos preferidos de Japón.

Como siempre, mil gracias por leernos. Nos vemos en Sendai, último festival!

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