Japón, Viaje 2016

Rassera, rassera!

Hoy comenzaba un nuevo día de festival con mucha ilusión, es verdad que ayer nos hubiese gustado quedarnos dando una vuelta por las calles de Morioka una vez terminado el festival, para poder disfrutar del ambiente, pero hoy el despertador sonaba a las 6.30 de la mañana y la cama nos estaba llamando a gritos.

Pues bien, a las 6.30 en pie, ducha rápida y nos vamos a aprovechar el desayuno buffet que nos ofrece el hotel. Ya empezamos a ver lo poco turístico en cuanto a gente extranjera de la zona, ya que aunque en recepción el personal hablaba inglés, en la zona del desayuno, tanto el cartel de las mesas para indicar si estaba ocupado o los cartelitos de las bandejas de la comida que indicaban de qué se trataba, estaban en completo japonés.

Esta noche también dormiremos en Morioka, ya que a la hora de realizar las reservas de hoteles para los festivales, allá por Febrero (sin ni siquiera saber a ciencia cierta si volveríamos a Japón, pero teniendo claro que si volvíamos asistiríamos a los festivales de la región de Tohoku), en Aomori, el alojamiento ya estaba agotado, semanas más tarde leímos que los alojamientos para el Nebuta Matsuri de Aomori se agotaban incluso con 10 meses de antelación.

Con la panza bien llena, nos dirigimos a la estación de Morioka, a unos 10 minutos a pie del hotel aproximadamente. En el camino pudimos ver el Monte Iwate, un volcán de unos 2000 m de altitud aún activo y un jardín super chulo con la mascota de Morioka representada en la hierba.

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Nuevamente nos subimos a bordo del Shinkansen Hayabusa, que tras una hora nos dejó en Shin-Aomori. Una vez allí tomamos la línea local JR y en 5 minutos estábamos en Aomori.

A parte del festival, como aún teníamos tiempo suficiente, queríamos aprovechar y conocer algo de la zona, así que tras salir de la estación nos dirigimos a la oficina de turismo para que nos informasen sobre los horarios y el andén donde tomar el autobús al Templo Seiryu-ji que queríamos visitar. A los 5 minutos de salir de la oficina de turismo partía nuestro autobús a Showa Daibutsu, última parada, con un trayecto de una hora de duración, aproximadamente. A esta parada tan solo llegamos nosotros y un señor mayor. Estos son los templos que nos gustan, poco turísticos, donde disfrutar prácticamente solos del complejo. Pago previo de la entrada y habiendo dejado el libro de firmas (que por cierto ya casi tenemos completo), fuimos visitando todo el recinto. Primero visitamos la gran pagoda y jardín, sentados en un balcón del templo principal, que dispone de sillas y té gratis para que los visitantes puedan descansar los pies mientras admiran las maravillosas vistas y después, visitamos el edificio principal. Cuando nos disponíamos a abandonarlo, un joven monje nos abordó preocupado por si no habíamos visitado el jardín zen frente a la pagoda… una muestra más de la amabilidad nipona.

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Tras un paseo entre los diferentes edificios que componen el templo, llegamos al Gran Buda de Showa, el punto fuerte de este templo, aunque la verdad, una vez visitados el jardín y la pagoda, no tienen nada que envidiarle, aunque lo mejor… poder visitarlo con la paz y la tranquilidad que se respiraba en el ambiente.

Como aún nos quedaba tiempo antes de tomar el autobús, decidimos descansar en la zona del restaurante y aquí nació la pequeña obsesión de Aida por los Kakigori. Para los que no lo sepáis, se trata básicamente de un helado tradicional compuesto por hielo picado y sirope a elegir (fresa, mango, melón,…), en este caso, decidimos probar el de fresa. La verdad es que está riquísimo y es una muy buena forma de combatir el calor en estos meses.

Tomamos, ahora sí, el autobús y una hora después ya estábamos de nuevo en Aomori. La hora de comer se nos había ido un poco de las manos, se nos habían echado encima las 3 de la tarde y en Japón hay muchos restaurantes que a esa hora ya no sirven. Sin tiempo que perder, nos dirigimos al nuevo centro comercial A-Factory, pensando que quizás allí tendrían un horario más amplio, pero de los que aún permanecían abiertos, que eran poquitos, tan solo uno de hamburguesas seguía atendiendo comandas. El restaurante en cuestión se llama Ocean´s, es de reciente apertura y regentado por gente muy joven. La verdad que a pesar de haberlo elegido por azar, fue una grata sorpresa, ya que las hamburguesas eran caseras y super sabrosas. Mención aparte el curioso sistema de servicio, ya que una vez elegidos los platos, nos dieron un pequeño dispositivo inalámbrico que nos llevamos a nuestra mesa y una vez la comida está lista, comienza a vibrar y a emitir un pitido, avisando para poder acudir a la barra a por los pedidos.

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Las horas antes de que comenzase el festival las aprovechamos para visitar la zona de la costa, pudiendo pasear por el puente de la bahía de Aomori, desde el cual hay unas vistas preciosas del barco Hakkouda Maru.

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También visitamos el edificio ASPAM desde el cual se tienen unas buenas vistas de la zona y, lo mejor de todo, pudimos ver varias de las carrozas que esta noche desfilarían en el festival, expuestas en la zona de Rassera Land, justo al lado del mencionado edificio ASPAM.

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A las 7 daría comienzo el festival, así que viendo la experiencia del día anterior en el Sansa Odori de Morioka, decidimos, unas dos horas antes, acercarnos a las calles del recorrido para ver el ambiente y comprobar cómo estaría el aforo en ese momento, ya que este festival prometía ser uno de los que iba a entrar en nuestra lista de favoritos y queríamos una buena posición para poder presenciarlo de la mejor forma posible.

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Encontramos finalmente un hueco en una intersección de dos calles y allí, nos sentamos a esperar. Al igual que en el día anterior, apenas nos cruzamos con dos o tres turistas extranjeros (chinos aparte, porque van de incógnito) e íbamos observando cómo mucha gente se nos quedaba mirando, avisándose entre sí, señalándonos, etc. Aunque he de decir, que de estas ciudades menos turísticas, ha sido ésta donde menos hemos “desentonado”.

Volviendo al festival, nos pareció increíble cómo se viven este tipo de festejos en Japón, convirtiéndose éste en nuestro favorito por lo que sucedería un rato después. Ya empezaba a oler a comida, todos los puestos estaban a pleno rendimiento y todas las calles empezaban a llenarse de gente, entre ellos vendedores de “merchandising” del evento, sobre todo colgantes con cascabeles y simbología del festival y la ciudad. Uno de los vendedores se acercó a preguntarnos de dónde éramos, diciendo lo típico: ¿Barcelona?, ¿Messi?…en fin. De todos modos, en esta ocasión nos sorprendió un poco porque al decirle que éramos de Asturias parece que conocía al menos el nombre de la región.

Cuando ya empezaba a llenarse la calle, decidimos ponernos en pie, para poder tener buena visibilidad asegurándonos un buen sitio en segunda o tercera fila. A pocos minutos ya del inicio del festival, mientras me disponía a comprarle un helado a mi esposa en un pequeño puesto ambulante con una entrañable abuelita a su cargo, una señora, vestida con kimono, agarró de repente por el brazo a Aida mientras le decía “Come, Come!” (Ven, ven! en inglés) . Yo, con el helado en la mano y perplejo mientras se llevaban a mi mujer a rastras sin entender lo que estaba pasando, media calle más tarde todo se esclareció. Nos estaba llevando a unos asientos de pago que habían quedado libres. Una vez más, pudimos comprobar a lo que puede llegar la amabilidad nipona. Gracias a ella, pudimos ver el festival en primera línea, sentados, totalmente gratis y con unas vistas perfectas, disfrutando al máximo de todo el evento.

El elemento principal del festival son las carrozas de papel, iluminadas y pintadas a mano, que van desfilando a lo largo de todo el recorrido, arrastradas de un lado a otro de la calle y haciendo giros cada pocos metros para que puedas observar los detalles de las esculturas desde todos los ángulos.

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El desfile también va acompañado de música, principalmente de taikos y flautas, y un montón de gente del pueblo bailando ataviados con el traje haneto (traje tradicional que deben llevar todas las personas que quieran participar en el desfile) al ritmo de la música y con el incesante grito de “rassera, rassera!”.

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En uno de muchos momentos del desfile, un grupo de niños comenzaron a saludarme y a hacer un gesto con la mano que no llegaba a entender…yo les saludaba, pero ellos querían decirme algo. Como no podían pararse, debido a la afluencia de gente en la calle, lo consiguieron a distancia lanzándome un pequeño cascabel de los que llevaban incorporados en el traje, a modo de obsequio (algo que guardamos como oro en paño). Minutos más tarde, uno de los músicos del desfile, se acercó a nosotros ofreciéndonos tocar un taiko (sin duda uno de los momentos más felices de todo viaje). Allí me puse, como pude, a defender mi sentido del ritmo aporreando el tambor al son de la música de Aomori.

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Con muchísima pena, 10 minutos antes de que terminase el festival tuvimos que abandonar, con el fin de evitar aglomeraciones en la zona de la estación que nos impidiesen tomar el tren de vuelta. Nos pusimos en marcha y empezamos a caminar sin mucho problema, pero cuál fue nuestra sorpresa, que las calles que daban a la estación estaban cerradas por el paso de las carrozas que ya iban terminando el desfile. Ya un poco nerviosos porque veíamos que nuestra hora se acercaba y empezaba a ser más que probable que perdiésemos nuestro tren (siendo el último Shinkansen hacia Morioka), decidimos pegarnos una pequeña pero intensa sesión de cardio, en cuanto uno de los policías de tráfico nos dio paso. Llegamos finalmente a la estación y conseguimos meternos en un vagón repletísimo de gente, en el que no pensaríais que pudiese entrar ni una alfiler más, pero tras nosotros siguió pasando y pasando gente hasta la hora de salida. Tras 5 minutos de trayecto infernal, medio aplastados por la marabunta que se había formado, por fin llegamos a la estación de Shin-Aomori, para tomar nuevamente el tren bala de regreso a Morioka.

A eso de las 11 de la noche llegamos al hotel, haciendo una parada previa en un Lawson (tienda combini) para coger cuatro pijadinas para cenar, ya que con toda la emoción del festival, se nos había olvidado por completo hasta comer.

Con otro festival para el recuerdo, al día siguiente nos esperaría Akita y su Kanto Matsuri.

Hasta la próxima!

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