Japón, Viaje 2012

Una grulla por la paz

La entrada de hoy es mucho más cortita que la del día de ayer, ya que hemos gastado prácticamente medio día en viajes 🙁

Despertamos a eso de las 8:00 en nuestra maravillosa habitación de Miyajima, acompañados de un dulce hilo musical. Dormimos genial en esos futones, son increíblemente cómodos. Nos pusimos el yukata y bajamos a darnos una ducha para después desayunar.

La noche anterior nos dieron a escoger entre desayuno oriental u occidental. Escogimos el occidental y escogimos bien, porque no estamos acostumbrados a comer cosas así tan temprano y seguramente nos hubiese decepcionado. Llenamos la tripita y volvimos a subir a la habitación para recoger los bártulos e irnos de la isla, muy a nuestro pesar.

Antes de irnos, la gentil señora, tras darnos las gracias por haber estado allí, nos obsequió con una bolsa de salsa de soja, recomendándonos un par de usos para ella. También nos preguntó qué íbamos a hacer el resto del día y demás, nos acompañó hasta la calle y nos despedimos. Esperamos volver a verla alguna vez.

No podíamos irnos de la isla sin volver a ver el O-Torii una última vez, no sé, llamadlo obsesión si queréis, pero nos resultó inevitable. Nos tomamos nuestro tiempo admirándolo una vez más y nos dirigimos a la estación de ferry. Fuimos a través de una calle llena de tiendas para comprar algún recuerdo y un par de Momijis, unos dulces rellenos, en nuestro caso de una pasta con chocolate, muy parecidos a los que os enseñamos en una entrada anterior, en Asakusa.

Pasamos también por el parque para despedirnos de nuestros amigos los ciervos y uno de ellos quería comerse nuestras bolsas, son la bomba. Ya en la estación tuvimos que esperar unos 10 minutos a que llegase nuestro barco. Nos montamos y volvimos a subir sin pensárnoslo al piso de arriba para no perder detalle de la isla durante nuestra despedida. Según nos alejábamos del puerto, el O-Torii se hacía cada vez más pequeño, mientras nuestros deseos de volver a verle algún día se hacían cada vez más grandes. Ya en Miyajimaguchi, tomamos el tren hacia Hiroshima, donde pasaríamos la mañana.

Nuestro primer destino fue el Genbaku Domu, o Cúpula de la bomba atómica, parte de un edificio que quedó en pie tras la explosión y que ha sido conservado por los japoneses como símbolo de paz. El epicentro de la explosión tuvo lugar a unos 150 metros del edificio, por lo que es casi un milagro que no hubiese sido reducido a cenizas. Es realmente impresionante estar de pie ante esta estructura y resulta absolutamente sobrecogedor si comienzas a imaginarte lo que sucedió en ese mismo lugar, hace ya 67 años.

Cruzamos un puente que cruzaba el río hasta llegar al Parque Memorial de la Paz. Allí nos encontramos con un monumento dedicado a los niños muertos a causa de la bomba atómica. En lo más alto del monumento se encuentra la estatua de Sadako Sasaki sosteniendo una grulla en sus manos.

Sadako era una niña que vivía en Hiroshima y tenía 2 años cuando se produjo el ataque a 1,5 Km de su casa. No sufrió daños directos el día de la explosión, aunque 8 años después desarrolló leucemia a causa de haber sido expuesta a la radiación y no pudo volver a caminar. Ella no perdió la esperanza y confió en una antigua leyenda japonesa conocida como Senbazuru, que dice que aquel que construya 1000 grullas de papel, podrá cumplir un deseo. Sadako comenzó a crear grullas de origami con cualquier papel que tuviese a su disposición. Era consciente de que no era la única en su situación así que en lugar de pedir su deseo de poder volver a caminar, decidió ampliarlo para pedir que se curasen todas las víctimas del mundo y reinase por fin la paz.

El cáncer no entiende de deseos y Sadako solo consiguió realizar 644 grullas en el momento de su muerte, a los 12 años de edad. No obstante, sus compañeros de clase decidieron terminar la tarea llegando a completar las mil grullas por ella.

Hoy en día, escuelas de todo el mundo siguen enviando grullas de origami a Hiroshima que se guardan y exponen junto al monumento de Sadako, como símbolo de paz y de esperanza.

En el interior del monumento hay una campana dorada en forma de grulla de papel que ambos hicimos sonar en honor a todos los niños que perecieron a causa del devastador ataque, aquel Agosto de 1945.

Cruzando la calle, nos encontramos otro monumento más, la Llama de la Paz, situada sobre una estructura de hormigón alargada. Es una llama que arde desde el año 1964 en Hiroshima, símbolo de paz y de rechazo a las armas nucleares, seguirá ardiendo hasta que desaparezca la última de ellas. Ojalá algún día veamos como se apaga esa llama…

Unos metros delante tenemos otro monumento más en homenaje a los fallecidos. Se trata de un arco de hormigón inteligentemente situado, a través el cual se observa la llama antes mencionada, así como la cúpula Genbaku al fondo. Este monumento protege un arca que contiene el registro de todos los fallecidos a causa de la bomba y que tiene una inscripción:

“Descansad en paz, pues el error jamás se repetirá”

Terminamos nuestra visita en el Museo de la Paz, en el que pasamos unas tres horas. He decidido no sacar ninguna foto dentro, aunque esta vez se permitía, porque no me parecía apropiado ni respetuoso con el pueblo japonés. Dentro pudimos encontrar toda la información del mundo acerca de lo ocurrido ese día, así como objetos encontrados, maquetas e incluso dibujos realizados por supervivientes a modo de reflejar lo que ocurrió tras la explosión.

Nos llamó especialmente la atención y nos sobrecogió al mismo tiempo un reloj expuesto en una vitrina, que marcaba las 8:15, hora de la detonación y que se paró justo en ese momento. Al lado del expositor había un texto que decía:

“Una libélula aleteó frente a mí y se posó en una valla. Me levanté y cogí mi sombrero. Estaba a punto de coger la libélula con mis manos, pero entonces…”

Vimos escenas muy duras y documentos aterradores, pero aún así si venís a Japón os recomendamos encarecidamente este lugar, para aprender un poquito más de la historia de la humanidad, aunque sea en su parte más negra y al salir amaréis aún más este país, os lo aseguro.

Salimos del museo para dirigirnos a la estación de Hiroshima y coger un Shinkansen rumbo a Osaka. Aquí tuvimos un pequeño error con los trenes y terminamos subiéndonos en un tren que iba haciendo todas las paradas y que tardó 2 horas en llegar. Para ese momento ya era de noche y nuestros planes restantes ya se habían estropeado, por lo que decidimos continuar hasta Kyoto para cenar, volver a hacer el “check in” en el hotel, lavar ropa y descansar para continuar mañana con nuestra aventura nipona.

Para mañana os prometemos Geishas, así que no os lo perdáis!!

Un abrazo.

3 thoughts on “Una grulla por la paz”

  1. Uno de los sitios que creo que se merece toda la dedicacion, ha sido una entrada preciosa y cargada de sentimiento ^_^

    Esperemos que alguna vez se pueda apagar la llama

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