Japón, Viaje 2012

Japón mágico

Un día más en Japón, muchas cosas vividas y poco tiempo para contarlas. Ayer el cuerpo nos pidió un descanso y por eso hoy haremos una entrada doble.

El miércoles nos pegamos el ya tradicional madrugón para coger a tiempo el Shinkansen que nos llevaría desde la estación de Kyoto a Hiroshima, para una vez allí tomar un tren hasta Miyajimaguchi y por último subirnos al ferry con destino a la isla de Miyajima.

No hay mucho que decir sobre los viajes en tren, cómodo y nada largo. Eso sí, esta vez habíamos reservado asientos para asegurar un buen sitio a nuestras posaderas. Continúa el viaje y llegamos a Hiroshima, un sitio conocido en todo el mundo y que, irremediablemente hace que te pongas un poquito más triste solo con leer su nombre. Pero no era el día de Hiroshima, ya que lo teníamos planificado para el día siguiente, así que nos montamos en un tren que nos acercaría aún más hacia la costa, hacia un lugar llamado Miyajimaguchi.

Aquí, en Miyajimaguchi, no recorreríamos ni 100 metros para llegar finalmente al puerto desde el cual partió nuestro ferry hacia la isla de Miyajima, donde pasaríamos esa noche. Se abrió la puerta del barco y subimos al piso de arriba sin pensárnoslo dos veces para ponernos en primera fila y así poder hacer las mejores fotos posibles.

Desde el puerto ya podíamos ver el O-Torii, una puerta sagrada de color anaranjado erigida en el mar, que da acceso al templo Itsukushima, también con sus cimientos en el mar. Cuanto más nos acercábamos a la isla, más bonito era todo, más impresionante nos parecía el Tori y menos nos creíamos que realmente estábamos allí.

Llegamos al puerto de la isla en unos 10 minutos aproximadamente y nada más posarnos nos invadió un agradable olor a mar. El Sol estaba oculto, pero la humedad de Miyajima hacía incluso que sintiésemos aún más calor de lo habitual. No quiero exagerar, pero la humedad que tenemos en Asturias no es nada comparada con la de este país, así podéis haceos a la idea.

Salimos de la estación de ferry directamente a un parque muy especial, ya que estaba lleno de venados o ciervos…lo que viene siendo “Bambi” y estaban todos sueltos. Se acercan a la gente, les puedes acariciar, darles de comer, etc. Están tan acostumbrados a las personas que no se asustan lo más mínimo y puedes sentarte al lado de uno mientras duerme sin que se percate a penas, eso sí, guardad vuestros planos, guías, etc porque se los comen! Son muy muy curiosos y en cuanto ven algo que les parezca apetecible, van a ir a probarlo, eso seguro.

Continuamos caminando por el parque y callejeamos un par de veces para llegar al hotel y dejar allí una de nuestras mochilas. Nos atendió una señora muy amable con buen inglés a la que veríamos más tarde, ya que no podíamos hacer “check in” hasta las 15:00. Nos sobraba tiempo, así que decidimos irnos a visitar alguna de las maravillas de la isla.

Comenzamos por subir unas escaleras al final de la calle que nos llevaron a los pies del templo Senjokaku y la Pagoda de cinco pisos. Ambas estructuras son una alegría para la vista, aunque solo un aperitivo de lo que nos esperaba. No pudimos resistirnos más, así que descendimos hasta el puerto para contemplar, esta vez un poco más cerca, el O-Torii (Gran Puerta). Observar esta obra de arte posada tan elegantemente sobre el mar, mientras escuchas el sonido de las olas, te transmite una serenidad única. Y eso que la marea estaba bajando y todavía no la habíamos podido ver acompañada perfectamente por el agua.

Allí estuvimos, embobados, no recuerdo cuánto tiempo, mirando la puerta e intentando por enésima vez creernos que realmente estábamos en Japón, que lo habíamos conseguido y que aún nos quedaba mucho por descubrir. Nos dirigimos, acto seguido, a la entrada del santuario Itsukushima, Patrimonio de la Humanidad. Una construcción levantada en el mar que impresiona al primer vistazo, aunque no pudimos contemplar su belleza completamente hasta la noche, ya que la marea estaba bastante baja ya. Desde el pequeño muelle del santuario, aún se ve más bonito y espectacular el Tori, alrededor del cual empezaba a arremolinarse la gente sobre la arena a la que el agua daba cada vez más paso. Nosotros bajaríamos más tarde.

Hora de tomar un refresco en la plaza justo a la salida del santuario, donde las máquinas expendedoras hacen una vez más, acto obligado de presencia. Hago un inciso para comentar una cosa que descubrimos en nuestro primer día de viaje. Y es que en Japón no hay papeleras. Así es, es casi imposible encontrar una mísera papelera en este país…digo casi, porque en ocasiones, las propias máquinas expendedoras tienen unos orificios en los que introducir las botellas de plástico, cristal o latas o bien tienen una pequeña papelera justo al lado que cumple la misma función. También podemos encontrar papeleras de reciclaje en las estaciones de tren, aunque lo más probable es que tengamos que llevar a cuestas nuestras botellas vacías hasta encontrar una de estas papeleras y aprovechar para tirarlas todas. Con lo cual, si tenéis sed comprad bebida en botella de plástico para poder cerrarla y guardarla en la mochila, ya que a nosotros nos ha tocado cargar con una lata de Coca-Cola en la mano, unas cuantas horas.

Con el gaznate bien fresco proseguimos nuestra visita dirigiéndonos a la pagoda Tahoto, una pequeña pagoda de 15 metros de altura (creedme, es pequeña) con influencias arquitectónicas de la India y de China, muy bonita pero que tiene pinta de pasar bastante desapercibida. Justo enfrente de la pagoda existe un sendero que atravesamos para llegar, tras subir una pequeña cuesta, a la entrada del templo Daishoin, sin duda uno de los sitios más bonitos de la isla, con multitud de caminos, altares, esculturas…Un lugar para perderte durante tiempo indefinido, sin llegar a cansarte nunca.

Subiendo unas escaleras llegamos a un pequeño templo que rodeamos para descubrir un pequeño altar y un sitio donde colocar esas típicas tablillas de madera en las que la gente escribe deseos y demás, que pudísteis ver en fotos de días anteriores. Esta vez, un texto escrito en español llamó nuestra atención, decía algo como “Por fin hemos vuelto, después de cuatro años, el deseo que pedimos en este templo, se ha hecho realidad…”. Estábamos solos en aquel momento y nada más leer el mensaje, nos miramos y rompimos a llorar, echando de menos ya nuestro viaje. No quisimos perder la oportunidad así que depositamos una donación y cogimos un par de velas que colocamos en el altar para encenderlas, cada uno la nuestra, y despedirnos de aquel templo mientras observábamos la llama que reflejaba la esperanza de nuestro regreso a este maravilloso país.

Más tarde, hicimos una parada, la de la lata de Coca-Cola XD, para descansar un poco los pies antes de abandonar el Daishoin. Estábamos sentados en un banco tomándonos el refresco, cuando de pronto comenzamos a escuchar el rezo de un monje budista, proveniente de uno de los edificios del templo, que nos impresionó bastante. Justo al lado de donde nos encontrábamos, había otro pequeño templo en cuya entrada se podían comprar unos pequeños Maneki neko, que todos conoceréis por ver en las tiendas de chinos, ya que son los míticos gatitos que mueven la pata delantera como saludando. Buscad su nombre en google para conocer la historia de esta típica figura. El caso es que nos cogimos una para llevárnosla de recuerdo, pero descubrimos que tenía algo en su interior, un papelito de la suerte. Nos acercamos a un puesto cercano de souvenirs para preguntarle a un señor qué significaba el papelito y tras leerlo en japonés nos dijo con una sonrisa: “Super Good Luck!!” (Super Buena Suerte!!). Nos dijo que teníamos que guardarlo con nosotros, si fuese mala suerte se suelen dejar atados en los templos (hay alguna foto). Con este mensaje de buena suerte en nuestro poder, decidimos dejar nuestro Maneki neko allí, junto a una de las muchas estatuillas de buda tan simpáticas que hay por todo el lugar, concretamente una con un casco de samurai que nos gustó especialmente. Nos despedimos de nuestra figura no con un adiós, sino con un “hasta luego”, esperando volver a verla, en un futuro, en ese mismo lugar, con su patita blanca levantada, dándonos la bienvenida.

Bajamos al pueblo de nuevo para comer en un bar junto al santuario Itsukushima. Comimos ostras fritas y cerdo con salsa de curry y arroz, unos platos exquisitos.

Con la panza llena y la marea baja, decidimos bajar a la playa para poder acercarnos de verdad al O-Torii e incluso tocarlo. Casi al lado de la Gran Puerta, vimos un par de chicos japoneses haciéndose una foto el uno al otro y se les veía a la legua que querían salir juntos en una foto pero no se atrevían a preguntarle a nadie. Así que se lo dijimos directamente y acabamos haciéndoles la foto y luego ellos a nosotros 🙂

Ya debajo del O-Tori, descubrimos una tradición muy curiosa, que consiste en lanzar una moneda a una de las vigas del Tori y conseguir que no se caiga. El suelo estaba lleno de monedas…o mejor dicho, el suelo estaba prácticamente hecho de monedas, que el viento va tirando con el paso del tiempo, ya que el agua no llega tan alto. Nosotros conseguimos dejar la nuestra al tercer lanzamiento, bajo la atenta mirada de nuestros dos amigos japoneses, que nos volvimos a encontrar y nos pidieron hacer una foto los cuatro juntos.

Tras todo esto, por fin fuimos al hotel, donde nos dieron la llave y la agradable señora nos enseñó las instalaciones. Es un hotel de estilo tradicional japonés, muy bonito y muy acogedor y la habitación, como podéis comprobar en las fotos es una autentica pasada. Descansamos un rato y volvimos a coger los bártulos para continuar nuestra visita en la isla. Esta vez tocaba el teleférico.

Salimos del hotel y nos dirigimos al parque Momijidani, un precioso bosque que nos cobijó del calor en nuestro ascenso hasta la estación del teleférico, acompañados por el sonido ya familiar, del canto de las cigarras. Antes de llegar a la estación vimos también algún puente e incluso un pequeño estanque que contenía unas carpas enormes y muy bonitas.

El viaje en teleférico se hace en dos partes, parando en una estación intermedia, para finalmente llegar a la estación situada en lo alto del monte Misen, donde pudimos disfrutar de unas inigualables vistas del mar interior desde una altura de 430 metros.

Tras disfrutar del paisaje decidimos volver al hotel, ya que la cena estaba prevista para las 19:00 y queríamos hacer uso del baño japonés antes de esa hora. Subimos rápidamente a la habitación para quitarnos la ropa y ponernos el Yukata, una especie de kimono de andar por casa, muy cómodo por cierto, exceptuando que casi me como las escaleras en una ocasión, tras pisarlo. El baño fue espectacular, una bañera de piedra llena de agua muy caliente que estaba rebosando por los laterales continuamente. Nuestros cuerpos, especialmente nuestros pies, lloraron de alegría cuando nos sumergimos en esa bañera.

Relax total.

Preparados ya para la cena, bajamos al comedor donde nos esperaba nuestra mesa. Fue una cena tradicional, en la que pudimos degustar Salmón, Anguila, Sashimi, Sopa de Miso, Sopa de leche, Bacalao, Un caldo de jengibre, arroz e incluso ternera. Todo estaba excepcional, podéis ver la pinta que tenían los platos, mirando las fotos. Solo tuvimos algún problema con el Sashimi, que aunque tenía muy buen sabor, es difícil acostumbrarse a la textura en boca del pescado crudo. Terminamos la cena con un sabroso helado casero de naranja que estaba de muerte.

Antes de acostarnos no quisimos dejar pasar la oportunidad de ver a nuestro querido O-Tori, sin duda protagonista de esta entrada, iluminado por la noche. Verlo brillando en la oscuridad del mar nos proporcionó el último toque de magia para un día completísimo e irrepetible.

Miyajima en nuestro recuerdo siempre.

7 thoughts on “Japón mágico”

  1. Es verda q esto engancha eh! Nos teneis en vilo to los dias esperando cn ansia la siguiente entrada. A veces vas leyendo y parece q estas alli. Os felicito por esta yo creo q la mejor hasta ahora y dificil superable. Bsitos

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